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Análisis de "Retrato de una mujer en llamas" (2019)

  • Foto del escritor: manyu
    manyu
  • 8 oct 2024
  • 3 Min. de lectura

por: Agustina Lavizzari



Marianne desembarca en una isla para cumplir una tarea singular: una condesa la ha contratado para pintar a su hija sin que ella sospeche que está siendo pintada. Una vez terminado, el retrato se envía a un noble milanés para que este decida si quiere o no desposar a la joven. Pero Héloïse no desea casarse y ya ha saboteado el intento anterior de otro pintor. Marianne deberá fingir que ha sido contratada como dama de compañía, seguir a Héloïse en sus paseos diarios por la pradera y la playa, hablar con ella, y en secreto estudiarla.

Marianne pasa sus días observando a Heloise, mira la posición de sus manos, el color de sus ojos, la forma de sus labios, la caída de su cabello, para en las noches memorizarla y volcarla en su lienzo. Es este el eje central de la película: el ejercicio de la mirada. El deseo y romance nace entre ambas porque han decidido ver, y dejarse ver. Octavio paz decía que las miradas son semillas, que mirar es sembrar, Heloise y Marianne se miran como queriendo crear un jardín.En la película se hace alusión al mito de Orfeo y Eurídice para seguir hablando de la mirada. Orfeo solía entonar hermosos cantos acompañado por su lira, su música tocaba el corazón de cualquiera. Y así fue como un día detrás de los árboles encontró a Euridice, mirándolo mientras cantaba y decidió casarse. Los días en que se amaron fueron los mejores de sus vidas.Un día mientras Euridice paseaba, una serpiente la mordió, provocándole la muerte. Orfeo destrozado por su perdida, decide bajar al infierno a buscarla. Orfeo consigue llegar hasta el borde de la laguna Estigia, cuyas aguas separan el reino de la luz del reino de las tinieblas. Allí entonó un canto tan triste y tan melodioso que conmovió al barquero encargado de transportar las almas de los difuntos hasta la otra orilla de la laguna, y decidió llevarlo. Una vez en el reino de las tinieblas, se presentó ante el dios del infierno y le rogó que le devolviera a Eurídice. Las palabras de Orfeo conmovieron a todos y el dios decidió dejarlos ir con una condición. Orfeo debía cruzar todo el camino de vuelta a casa con Eurídice detrás de él, y no podía mirarla hasta llegar. Cruzaron todo el camino en silencio, Orfeo temía que lo hubieran engañado y justo antes de subirse a la barca, se dá vuelta y la mira. Eurídice desaparece y la pierde para siempre. Si observamos la pintura de este mito de Sir Edward John Poynter vemos que de hecho los atuendos de las protagonistas tienen los mismos colores.





La película se pregunta por qué Orfeo decidió mirar. Podríamos decir que también se pregunta por qué Heloise y Marianne deciden mirarse a pesar de tener al mundo en contra, a pesar de saber de antemano (como Orfeo) cuál sería su destino. Mirarse es la única opción que tienen los amantes: mirarse y guardar el recuerdo de la imagen. Los amantes se miran porque todos necesitamos a alguien que nos mire, y porque amar es aprender a mirar. Hay una cita de Barthes que

"Explora el cuerpo del otro como si quisiera ver lo que tiene dentro, como si la causa mecánica de mi deseo estuviera en el cuerpo adverso (soy parecido a esos chiquillos que desmontan un despertador para saber qué es el tiempo). Esta operación se realiza de una manera fría y asombrada; estoy tranquilo, atento, como si me encontraran ante un insecto extraño del que bruscamente ya no tengo miedo."

Orfeo debe mirar a Eurídice porque si no hubiera perdido el miedo, si la urgencia de mirarla no se haría presente como un dolor que le estremece los huesos, no la amaría. Por otro lado, la respuesta que nos da la película es que capturar algo hermoso, algo genuinamente bello en vez de repetirlo una y otra vez, es lo más cercano que tenemos a lograr la eternidad. Y es este el deseo del arte, del cine, porque el enamorado, ante todo, es un artista: se da vuelta y mira.

 
 
 

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